Un día de estos.
Un día me dedicaré a escribir como si nadie más lo hubiera hecho nunca. Pero mientras, habrá que esperar ese momento feliz que, sin duda, será un parte aguas ya que marcará un momento decisivo dentro de La República de las Letras. Será un momento importante. Será la reinauguración de las letras para todo el mundo.
Un día me pondré a escribir como si fuese la primera ocasión que alguien lo intenta. Será el día en que se creará una poética de la creación. Con siete temas, que son lo más en la literatura, y sus combinaciones probables, abordaré una y mil historias. Como si fuese el primer escritor que los ha descubierto, vaya osadía. Y como si nadie más lo haya intentado, plantearé cinco o más formas de narrar los acontecimientos primeros de mí una y mil historias, las cuales aún están a la espera de ser rescatadas del olvido permanente en que se hallan hasta ahora.
Y a la espera estoy de aquel día sumamente importante para mi línea de vida. A la espera de aquel viaje vertical. Posponiendo en cada amanecer ese día inaugural, y parte de la culpa la tiene el caos mundano que gira y gira sin cesar alrededor de mí, haciendo parábolas en su recorrido, en una busca del centro dentro de un lugar en donde ya no hay más centro, excepto el corazón del hombre.
Pero antes debo de hacer un paréntesis para acudir a tomar la llamada telefónica. Luego de colgar es preciso que vuelva a concentrarme. Pero antes, tendré que dejar colgados todos los asuntos mundanos. Porque a estas alturas de la vida ya es toda una obsesión este deseo por escribir.
Pero antes deberé de dejar de ser un hombre ya que para llegar a ser escritor hay que dejar de ser muchas cosas en el camino, pero no todo es perder teorías, como señala Enrique Vila-Matas, también hay sus ganancias en este trayecto o afán por terminar siendo un escritor. Así, una vez sopesado lo anterior, y con el camino trazado, de ahora en adelante, me dispongo a ir a comprar una libreta y una media docena de bolígrafos para dedicarme, ahora sí, a tarea tan sublime, heroica y con el deseo de hallar algún día un final épico.
Así, bajo estas directrices es como me dispongo a emprender la escritura de la obra ideal, esperando que el mundo ruede lejos de aquí, porque cada vez que me he querido dar a la tarea de escribir todo, al final, ha quedado en mero anhelo, cada vez que el mundo asoma el rostro sonriente entre el doblez de una hoja a otra. Será acaso que Dios se asoma por la cerradura de la habitación del poeta, y que tiene celos, acaso tan solo un poquito, de qué surja el demiurgo que llevo dentro. Demiurgo que quiere hacer acto de presencia, en este mundo gris a la espera de ser habitado por muchos otros personajes, conforme avanza la pluma llenando los espacios en blanco.
Siempre hay que ir llenando los espacios en blanco por un miedo ancestral al vacío y al tiempo, miedo a la nada, a no hacer algo mientras pasa el tiempo. Y acaso por ello es que otros ya han escrito: para ir habitando una casa propia, una vida; para darle un portazo a la soledad, con todos sus fantasmas incluso.
Aunque el ejercicio de la escritura, es un ejercicio que se comparte desde la soledad, desde el silencio de los rostros y de los días.
Una vez que he llegado a casa, con libreta y bolígrafos nuevos, tomo asiento en la silla que hay en mi dormitorio/estudio. Y cuando me preparo para dar rienda suelta a la imaginación suena el timbre del teléfono. Me levanto para ir a contestar el llamado de lo contingente. Una voz suave, incluso delicada, pregunta por el señor X. no, no lo conozco, aquí no vive ni cuando menos trabaja. Está equivocada de número. Luego de la disculpa de la señorita, me he quedado atónito de pronto, como si la vida me hubiese sorprendido en medio de algo turbio. Ahora comenzaran de nuevo las extrañas llamadas, pienso. Acaso más tarde alguien toque el timbre y tendré que salir de mi estado meditativo, abriré la puerta y me encontraré cara a cara con un comprador de bibliotecas. Así es como pienso que el mundo le hace boicot, cuando más decidido esta uno para realizar el trabajo creativo.
Con la idea fija en que el mundo entero conjura para que nadie escriba lo que realmente desea escribir me decido a hacer una pausa, un silencio obligado, vaya mundo de pálidas sombras. En consecuencia habrá que salirse del guion inicial solo para volver al inicio, una y otra vez. Y dejar que la potencia se encargue de todo incluso de mi escritura. Depositando todos mis anhelos y deseos ante él. Mientras, yo solo me dedicaré a ensayar el ejercicio de la escritura, como si nadie hubiese escrito jamás en la historia del hombre.
Ahora que hablo de potencia,-para salirme del guion- y mientras escribo estas líneas inútiles a la espera del momento adecuado para comenzar a escribir lo que de verdad me gustaría escribir, me doy cuenta que todo libro aun no escrito es en sí mismo una potencia, una gran potencia literaria en estado neutro O una gran posibilidad de arribar al estado líquido de las palabras que hasta aquí permanecen en estado inerte.
Pero una duda me conmueve y me pregunto: ¿cuál debe ser la forma adecuada de iniciar el libro que he de comenzar a escribir? como si fuese la primera vez que alguien se ha decidido escribir, dejando de lado lo que ya se ha escrito hasta entonces.
Por consiguiente, y luego de una larga pausa, pienso que habrá que construir primero una inmensa muralla que nos mantenga al margen de cualquier tipo de intromisión e influencia. Y después, sí, mucho después de haber erigido esta nueva muralla casi infinita que, entre otras varias características tiene la particularidad de ser invisible, darse a la tarea de escribir este libro en potencia genuina, con el espíritu relajado y con soberano entusiasmo.
Escribir, escribir. Ideando relaciones entre palabras y conforme surjan las palabras, crear otros territorios, alternos a los ya conocidos. Y con esta fe ciega e inocente ante esta primera hoja en blanco, ante esta potencia, traer a cuento un mundo nuevo, diferente o acaso no tan diferente al dado, vaya minucias. Con otros personajes, con otras vidas, con otros ambientes o marcos escénicos que a la larga dirán algo, acerca de este mundo nuevo, o que despertarán inquietudes del mundo viejo y real soberano, por muy bobas que suenen a nuestros oídos a la primera impresión o primer lectura.
Pero hasta aquí todo se me ha ido en pensar, en demasía, los presupuestos con los que debe liar el novel escritor. Ahora, es tiempo de ponerse a usar las herramientas y confiar como un ciego en el noble afán que me mueve a acometer mi tarea: escribir como si nadie más lo hubiese hecho antes.
Aquí finaliza el camino de la meditación y aquí comienza el relato, estoy entonces en el lugar de la encrucijada. En el momento decisivo. En el preciso instante en que habrá que tomar camino y alejarme. Callar y dejar que los personajes se asomen a la historia y que hablen por sí mismos.