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Confesiones de un literato

Pienso que cada uno encuentra su infierno. Una manera de condenarse uno en el ostracismo. La vida, el ritmo de la vida moderna, conlleva permanecer en movimiento continuo. Como escritor creo contribuir a mi infierno particular cada temporada en que dejo de escribir. Me descubro en falta de índole moral, que la más de las veces, me deja postrado, anímicamente sufriendo por tal falta. Por lo tanto, lo mejor para mejorar mi salud ética, es escribir aunque sean estas líneas, y de cuando en cuando aspirarlas lentamente, en un rito que se repite una y otra vez.

Sin más, confieso la permanente lucha que libro con los demasiados libros. Con el tema del Libro. Como comprador compulsivo creo tener una experiencia significativa con mi enfermedad crónica que nombro como el arte de comprar libros.

Veamos con minuciosidad: la gente común y corriente tiene la falsa idea de que los libros son muy caros. Es decir, que su valor en el mercado sobrepasa el bolsillo del pueblo. Pero, yo que tengo una colección mediana de libros de la editorial española, Atalanta, sé de lo que hablo. Vaya un ejemplo: hace como seis meses, adquirí la Obra completa de Arthur Rimbaud, en éste elegante sello editorial comandado por el exquisito personaje que es el señor Jacobo Siruela. El libro en cuestión tuvo un costo de novecientos pesos mexicanos. O sea que, en apariencia, es un libro costoso para la economía de un mexicano de clase media. Un libro que solo, en apariencia, no cualquier lector puede darse el gusto de comprarlo, pongamos el ejemplo de un universitario que frecuentemente tiene la posibilidad (no la única como ya veremos) de fotocopiar los libros que ha de utilizar en x materia. Así pues analicemos el asunto a detalle.

Esta bella edición del poeta simbolista francés contiene más de 1,500 páginas numeradas. Aplicando una sencilla operación matemática, (una simple división), tenemos que el costo por cada par de hojas es de un peso con veinte centavos. Ahora, una fotocopia en un gran centro de fotocopiado tiene un costo mínimo de cincuenta centavos, por lo que dos copias o un par de hojas cuestan un peso –teniendo en cuenta que debido al diseño y dimensiones de nuestro libro, cada página se traduce en una fotocopia-, así pues el alto costo de un libro de estas características, es tan relativo, y aún hay más: el libro de Siruela está constituido por más de setecientas hojas de papel biblia frente a un libro fotocopiado en hojas comerciales de papel bond de 75 gramos. Ahora estamos comparando la calidad alta frente a otra modalidad supuestamente económica.

Entonces, para abreviar, yo les pregunto  a quienes se escandalizan por el costo altísimo de los libros, lanzando el grito hacia el cielo, ¿Por qué preferir comprar un libro editado en un papel de mediana calidad, en el mejor de los casos, unido por pegamento y con tapas rústicas en lugar de hacer una inversión inteligente en un libro con tapas duras, con papel de la mejor calidad y bellamente diseñado o ilustrado, amén de estar cosido entre otros detalles y dependiendo más del carácter de cada edición.

Recuerda, lector, que Dios está en los detalles.

Aunque también comprendo, y soy capaz de justificar un poco a los lectores que consumen libros de baja calidad editorial, aunando el panorama paupérrimo que atraviesa el ámbito de la cultura en nuestro país, y por ende la edición de libros, exhorto, ya para acabar, a la comunidad de lectores activos que, la próxima vez que estén a punto de invertir en un libro lo piensen mejor, ya que los libros, aparte de ser un bien para el cultivo de las almas y del espíritu, también son productos del mercado económico.

Y qué mejor que realizar una buena adquisición en un libro valioso, en todos los sentidos, que en un artículo que, en caso de aprieto, no nos sacará del atolladero a menos que pongamos a la venta una biblioteca mediocre. ffffff

¡Un día de estos!

Un día de estos.

            Un día me dedicaré a escribir como si nadie más lo hubiera hecho nunca. Pero mientras, habrá que esperar ese momento feliz que, sin duda, será un parte aguas ya que marcará un momento decisivo dentro de La República de las Letras. Será un momento importante. Será la reinauguración de las letras para todo el mundo.

Un día me pondré a escribir como si fuese la primera ocasión que alguien lo intenta. Será el día en que se creará una poética de la creación. Con siete temas, que son lo más en la literatura, y sus combinaciones probables, abordaré una y mil historias. Como si fuese el primer escritor que los ha descubierto, vaya osadía. Y como si nadie más lo haya intentado, plantearé cinco o más formas de narrar los acontecimientos primeros de mí una y mil historias, las cuales aún están a la espera de ser rescatadas del olvido permanente en que se hallan hasta ahora.

Y a la espera estoy de aquel día sumamente importante para mi línea de vida. A la espera de aquel viaje vertical.  Posponiendo en cada amanecer ese día inaugural, y parte de la culpa la tiene el caos mundano que gira y gira sin cesar alrededor de mí, haciendo parábolas en su recorrido, en una busca del centro dentro de un lugar en donde ya no hay más centro, excepto el corazón del hombre.

Pero antes debo de hacer un paréntesis para acudir a tomar la llamada telefónica. Luego de colgar es preciso que vuelva a concentrarme. Pero antes, tendré que dejar colgados todos los asuntos mundanos. Porque a estas alturas de la vida ya es toda una obsesión este deseo por escribir.

Pero antes deberé de dejar de ser un hombre ya que para llegar a ser escritor hay que dejar de ser muchas cosas en el camino, pero no todo es perder teorías, como señala Enrique Vila-Matas, también hay sus ganancias en este trayecto o afán por terminar siendo un escritor. Así, una vez sopesado lo anterior, y con el camino trazado, de ahora en adelante, me dispongo a ir a comprar una libreta y una media docena de bolígrafos para dedicarme, ahora sí, a tarea tan sublime, heroica y con el deseo de hallar algún día un final épico.

Así, bajo estas directrices es como me dispongo a emprender la escritura de la obra ideal, esperando que el mundo ruede lejos de aquí, porque cada vez que me he querido dar a la tarea de escribir todo, al final, ha quedado en mero anhelo, cada vez que el mundo asoma el rostro sonriente entre el doblez de una hoja a otra. Será acaso que Dios se asoma por la cerradura de la habitación del poeta, y que tiene celos, acaso tan solo un poquito, de qué surja el demiurgo que llevo dentro. Demiurgo que quiere hacer acto de presencia, en este mundo gris a la espera de ser habitado por muchos otros personajes, conforme avanza la pluma llenando los espacios en blanco.

Siempre hay que ir llenando los espacios en blanco por un miedo ancestral al vacío y al tiempo, miedo a la nada, a no hacer algo mientras pasa el tiempo. Y acaso por ello es que otros ya han escrito: para ir habitando una casa propia, una vida; para darle un portazo a la soledad, con todos sus fantasmas incluso.

Aunque el ejercicio de la escritura, es un ejercicio que se comparte desde la soledad, desde el silencio de los rostros y de los días.

Una vez que he llegado a casa, con libreta y bolígrafos nuevos, tomo asiento en la silla que hay en mi dormitorio/estudio. Y cuando me preparo para dar rienda suelta a la imaginación suena el timbre del teléfono. Me levanto para ir a contestar el llamado de lo contingente. Una voz suave, incluso delicada, pregunta por el señor X. no, no lo conozco, aquí no vive ni cuando menos trabaja. Está equivocada de número. Luego de la disculpa de la señorita, me he quedado atónito de pronto, como si la vida me hubiese sorprendido en medio de algo turbio. Ahora comenzaran de nuevo las extrañas llamadas, pienso. Acaso más tarde alguien toque el timbre y tendré que salir de mi estado meditativo, abriré la puerta y me encontraré cara a cara con un comprador de bibliotecas. Así es como pienso que el mundo le hace boicot, cuando más decidido esta uno para realizar el trabajo creativo.

Con la idea fija en que el mundo entero conjura para que nadie escriba lo que realmente desea escribir me decido a hacer una pausa, un silencio obligado, vaya mundo de pálidas sombras. En consecuencia habrá que salirse del guion inicial solo para volver al inicio, una y otra vez. Y dejar que la potencia se encargue de todo incluso de mi escritura. Depositando todos mis anhelos y deseos ante él. Mientras, yo solo me dedicaré a ensayar el ejercicio de la escritura, como si nadie hubiese escrito jamás en la historia del hombre.

Ahora que hablo de potencia,-para salirme del guion- y mientras escribo estas líneas inútiles a la espera del momento adecuado para comenzar a escribir lo que de verdad me gustaría escribir, me doy cuenta que todo libro aun no escrito es en sí mismo una potencia, una gran potencia literaria en estado neutro O una gran posibilidad de arribar al estado líquido de las palabras que hasta aquí permanecen en estado inerte.

Pero una duda me conmueve y me pregunto: ¿cuál debe ser la forma adecuada de iniciar el libro que he de comenzar a escribir? como si fuese la primera vez que alguien se ha decidido escribir, dejando de lado lo que ya se ha escrito hasta entonces.

Por consiguiente, y luego de una larga pausa, pienso que habrá que construir primero una inmensa muralla que nos mantenga al margen de cualquier tipo de intromisión e influencia. Y después, sí, mucho después de haber erigido esta nueva muralla casi infinita que, entre otras varias características tiene la particularidad de ser invisible, darse a la tarea de escribir este libro en potencia genuina, con el espíritu relajado y con soberano entusiasmo.

Escribir, escribir. Ideando relaciones entre palabras y conforme surjan las palabras, crear otros territorios, alternos a los ya conocidos. Y con esta fe ciega e inocente ante esta primera hoja en blanco, ante esta potencia, traer a cuento un mundo nuevo, diferente o acaso no tan diferente al dado, vaya minucias. Con otros personajes, con otras vidas, con otros ambientes o marcos escénicos  que a la larga dirán algo, acerca de este mundo nuevo, o que despertarán inquietudes del mundo viejo y real soberano, por muy bobas que suenen a nuestros oídos a la primera impresión o primer lectura.

Pero hasta aquí todo se me ha ido en pensar, en demasía, los presupuestos con los que debe liar el novel escritor. Ahora, es tiempo de ponerse a usar las herramientas y confiar como un ciego en el noble afán que me mueve a acometer mi tarea: escribir como si nadie más lo hubiese hecho antes.

Aquí finaliza el camino de la meditación y aquí comienza el relato, estoy entonces en el lugar de la encrucijada. En el momento decisivo. En el preciso instante en que habrá que tomar camino y alejarme. Callar y dejar que los personajes se asomen a la historia y que hablen por sí mismos.

Diálogo 1

La confesión de un joven escritor

Señor; yo no quiero escribir pero una palabra suya bastará para que lo haga. Señor, yo no quiero escribir. La vida es tan corta y grande es el olvido. Señor en todo caso y si usted así lo quiere me daré a la tarea de escribir para luego desaparecer. Escribir y desaparecer. Entonces, si es condición que tenga que escribir para usted para después desaparecer lo haré. Aunque presiento que desapareceré antes de lo previsto, en medio de tanta palabra, sí, en ese mar azaroso de palabras y de imágenes, de metáforas hechas al alimón, entre el cielo y el infierno. Así es como me convertiré, a pesar de mi voluntad férrea a no escribir, en un palabrista. Ojala y la posteridad borre mi rostro y mis huellas, mismas que he dejado en ese mar de gentes, día tras día, mes con mes, fatigado y rendido de tanto vagar por el mundo.

Señor, tengo una inclinación natural a desaparecer, a no dejar huella alguna de mi paso en esta tierra inclemente en donde el sufrimiento y el crimen son el pan de cada día, no nos dejes caer en la tentación de ser soberbios, etcétera. Guardo una humilde inclinación natural a desaparecer, a tal grado que quién lea lo que he escrito se pregunte: ¿Quién rayos ha escrito esto?

Así, en medio de palabras, desaparecer para siempre. Perderme en el paraje bullicioso de las palabras y algún día encontrar la dicha; mi cielo, ese cielo guardado al verso fiel; este cielo prometido para los que desaparecen para el mundo, sin importar edad, ni preferencias sexuales porque en este cielo no se discrimina a nadie.

Y si al final escribo es porque lo hago obedeciendo a un orden mayor, que va más allá del placer. Entonces escribo con  la voluntad doblegada, contrario a mis fuerzas. Y al cabo qué caray, todos terminamos haciendo las tareas que van en contra de nuestros auténticos intereses: el que cocina lo hace porque quiso ser piloto aviador de niño. Y el que es piloto de vuelos internacionales lo es porque quiso ser evangelizador de su pueblo. Ahora, el que es barrendero, vive condenado a un trabajo que por definición es pusilánime, ¡no cualquiera quiere tener tratos con la basura!, ahora es posible, y es de suponer, que este honrado trabajo  le procure a este sencillo hombre vivir la vida feliz que sus padres le inculcaron cuando niño, ajena al exacerbado capitalismo de consumo, ajeno a aparentes necesidades que cubrir.

Así las cosas, señor mío, el hombre, los hombres, la humanidad entera terminamos haciendo y siendo lo que jamás pedimos hacer o ser.

-Por lo que ha dicho, ya veo claro, joven amigo: usted ha tomado la decisión de embarcarse en el ejercicio de la literatura, asumiendo el riesgo, así como otros escogen el rutinario camino para la muerte. Pues no me queda otra cosa que decirle más que adelante. Vale. Y que tenga suerte.

La obra en proceso

Valéry y Kafka parecen decirnos hasta la eternidad: “toda mi obra es solo un ejercicio”. La obra está allí solamente para conducirnos a la búsqueda de la obra ideal. Hay que decirlo desde ahora no hay la obra definitiva. Joyce escribe el Ulises perpetuamente. ¿Qué es la obra temprana de Proust? Sino el intento de sistematizar todos los tiempos, y que en la busca del tiempo perdido parece tocar la diana para siempre.

Lawrence Durrell, de modo proustiano encuentra el espacio y tiempo ideal en los cuatro volúmenes que conforman El cuarteto de Alejandría para contar (al menos esa es mi impresión luego de leerle) todo lo que tenía que saberse de la vida de sus personajes, enmarcados en una ambientación saturada de olores y sabores: el mar mediterráneo, los mercados, las calles con su bullicio y el ajetreo por doquier, tanto de lo privado como de la plaza pública.

Creo que la literatura, la de gran valía, -sirvan de ejemplo Proust, Kafka, Joyce, Woolf, Durrell, para el territorio europeo- parte del entendido que el lenguaje yace en el pedestal más alto. En la tumba de los grandes logros de la humanidad.

Ya sé, querido lector, estarás pensando que mis ejemplos son muy ajustados y que es menester ser más flexibles. Pues sirva este tiempo para dejar como ejemplo de literatura de personalidad, de este lado del Atlántico,  la obra de Ernesto Sábato, que con El túnel  inicia una búsqueda personal por comprender ciertos incidentes históricos, tanto ficticios como reales. Una búsqueda de lo absoluto que anhela circunscribir en tres majestuosas novelas toda la complejidad de la condición humana. Y lo logra con creces pero con mucho cuidado y horas y días y años de continuado trabajo y esmero.

Ahora, sirva un ejemplo dentro de la galaxia mexicana, con un sui generis autor que, con solo dos obras, logra lo que tantos otros escritores han deseado infructuosamente: convocar una voz , es decir, encontrar una voz que nos hable desde el silencio del páramo y del sufrimiento humano ante el despotismo ilustrado de la clase que ostenta el poder. Una voz que no moraliza, que muestra y que cuenta un mundo a punto de desaparecer.

Creo que todos estos autores llegaron a la comprensión de que quienes escribimos somos la versión moderna de Prometeo: en busca del fuego, de la luz, de la voz que permitirá a la humanidad mirar por un resquicio un poco de vida latente en medio de la oscuridad y del silencio.

Para terminar por ahora, permítame el lector, la siguiente línea a modo de epílogo y como para dejar la discusión abierta para otra oportunidad: el escritor no desea terminar casi nada; la gusta -por necesidad y no por gusto- ir dejando sus escritos en forma de fragmentos. Decenas de relatos han quedado truncados.  Son obras en proceso, son el producto de una intuición aprehendida, son retazos de vida. Pero en ellos se hallan los vestigios de un alcance mayor. La epifanía. Y que el escritor se da a la tarea de comunicarla a sus potenciales autores una y otra vez, cada vez de mejor manera, de una obra a otra obra, así sin cesar, incluso después de la muerte. Gracias. *�H��

Ensayo de un ensayo premeditado


Lo malo de no publicar los libros es que se te va la vida corrigiéndolos.

Lo malo de no escribir los libros es que se te va la vida proyectándolos. Y no solo eso. Además se te va desarrollando una patología la cual es creer que los demás escritores, los que si escriben, te roban las ideas geniales que se te ocurren para escribir libros.

Así me ha sucedido una tercia de veces. Igualmente no creyendo que te han robado la idea sino que se te han adelantado. Lo cual acarrea desaliento, enojo, pero sobretodo, vaya tragedia, enojo por tu propia pereza para escribir de una vez por todas, tus ideas “geniales”.

Ahora me siento como el personaje Juan Pérez de Bartleby y Compañía del genial escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, al cual cree que hay cierta conjura secreta en pos de robarle sus ideas para novelas. Mas el sentido común me salvaguarda de mi deseo obsesivo y me dice que dentro de un millar de escritores existe la posibilidad de que a dos de ellos, en algún momento determinante de su vida, se les ocurra la misma idea.

El problema de no escribir de una vez, es consecuente con mi creencia muy arraigada de la imposibilidad de hacer un arte superior. Un ser con tal patología da vueltas alrededor de una idea, y conforme más ahonda o profundiza en ella, más rápida se le va la vida y el tiempo ideal de la escritura.

La razón por la qué no he escrito ninguno de mis libros- título prestado por Marcel Bénabou, sea por respuesta no una sola sino seis o siete. Veamos.

 La primera ha sido contestada en el párrafo anterior.

 La segunda viene ya: sea porque uno no se cansa de ensayar, por lo que otro personaje vila-matiano ha dicho “basta ya de escribir ensayos” y es que hay que confesar que el arte del ensayo es seductor per se.

 La tercera razón es porque no me he involucrado en un programa de literatura potencial, por lo que mis ideas siguen, por decirlo de algún modo, en el limbo a la espera de un mejor lugar de acomodo.

La cuarta causa sea porque, vaya infierno del artista,  adolezco de cierta simpatía con el humor de Robert Walser, yo también he paseado mi vida por el mundo, y no le he encontrado mayor encanto, pero si he hallado un caudal de crítica sentimental, lo que me ha acarreado una crisis de nervios y por ende, un ingreso al psiquiátrico. Al menos ya me voy pareciendo a mis autores predilectos.

También por cierta vanidad o presuntuosidad, como de seguro le pasó a Joseph Joubert, que de acuerdo al testimonio de sus contemporáneos, destilo de tal forma su estilo que lo que nos dejo fue la pura esencia o ambrosia en su magnífica prosa, en la que con pocas palabras queda dicho todo de una vez por todas.

O tal vez, porque soy, como el zorro, más inteligente o como Juan Rulfo, que luego de publicar dos libros magistrales optaron por el silencio, según porque temían escribir un tercer libro pero malo, como la primera novela mala de Macedonio Fernández, y por supuesto por miedo al ridículo ante la crítica nada benevolente cuando alguien cae en falta.

Pero, más allá de estas razones señaladas arriba, creo que lo que lleva a imposibilitar a alguien para escribir sus ideas en papel, sea cierto pudor unido con un afán extraño por la perfección. O tan simple y sencillamente porque aun uno no está disponible para escribir.

Confesiones de un literato

Estoy indispuesto. Postrado en cama por una gripe. Acostado en mi cama de pronto me pongo a merodear con la mirada la cantidad de libros que conforman parte de mi biblioteca. Comienzo a contabilizar los libros que aguardan, en el silencio de la noche. Los libros que he ido comprando en una década de compras impulsadas por el deseo de obtener los libros que:

Pues termino de contar y contabilizo novecientos y pico de libros. O sea, que he comprado cerca de 100 libros por año; lo que se traduce en cuatro libros adquiridos cada cuatro días. Tal vez, aun así, mi biblioteca sea todavía modesta en comparación a las bibliotecas de otros bibliómanos, pero he aquí un hecho irrefutable: sucede que ahora tengo un compromiso frente a casi un millar de libros. El compromiso de tener que leer cada libro en el tiempo que me resta de vida. Por lo que ahora estoy en un punto álgido en el que he de dejar de seguir adquiriendo más libros, por el bien de mi salud mental y por el bien de mi economía. Y porque me siento comprometido a leer estos libros será mejor que en el futuro inmediato me dedique, en cuerpo y alma, en irlos leyendo, detenidamente.

A la brevedad hay que ponerse a leer y aguardar el grito de esos millones de palabras que permanecen en silencio a la espera de emitir su saber y experiencia. Porque el acto inaugural que conlleva cada acto de lectura entraña sacar a este millar de libros de su estado vegetativo, casi muerto, para que recobren su sentido y su lugar en el mundo de las letras.

Introduciendo a la lectura creativa

                Un hombre quiere escribir. Pero no puede. De un mal tiempo para acá quiere escribir pero en el camino se le atraviesa el duende y no lo deja escribir. Ni siquiera una nota para el supermercado. De un tiempo para acá se le ha metido la idea de que debe de escribir algo pero es más la molicie propia de estos días turbios y llenos de sangre que lo imposibilitan. Acaso porque la hoja en blanco es, en su blancura, símbolo último de la paz como esa infeliz paloma que sobrevuela el mundo. Ave blanca que ha perdido las buenas noticias en su largo recorrido que va del cielo, atravesando la tierra, hacia el no-lugar.

 Este hombre no carece de ideas,propias y ajenas, pero hay un obstáculo que no le permite alcanzar su deseo. Su obsesión. Parece ser algo patológico, algo que está en el aire espeso de la ciudad. Y no es el smog, es algo impreciso, un poco fantasmagórico, apenas difuso, imperceptible sino fuese porque está allí, presente en cada movimiento del pensamiento.

 Pensar que en su juventud bastabaquerer algo, desearlo con todas las fuerzas para verlo realizado a la brevedad. Pero esos locos días se han marchado con el transcurrir del tiempo. Y es que el tiempo es el verdugo del breve estadio del hombre sobre la faz de la tierra.

Ahora mismo el hombre se ha despertado con buen humor, y con las expectativas altas. Se acaba de sentar en una silla nueva, en un escritorio recién adquirido, con las libretas nuevecitas, los lápices y las plumas, artículos indispensables y necesarios para acometer el ejercicio de la escritura.

 De improviso se levanta del asientoy comienza a dar un paseo alrededor del escritorio. De su escritorio que lo repele sabe Dios por qué razón. Mira por la ventana a la poca gente que camina por la calle anegada de calor y de acciones nulas. Fuerzas que se repelen en un movimiento que parece necesario pero que se sucede sin pena ni gloria.

 Nuestro hombre observa dichomovimiento y de pronto deja salir un profundo suspiro. En dicho suspiro se le van menguando las fuerzas para darse a la tarea de escribir. Vuelve a su escritorio y ve la hoja en blanco, si tan solo se tratase de esperar un poco más, tal vez, uno nunca sabe, de pronto viniese la musa y obstáculo superado. Pero en vano espera. Mucho ha esperado y hasta ahora sin resultado alguno.

 Aunque, a veces, alcanza a escribiralgún boceto en dos o tres líneas pero nunca lo suficiente como para darse porsatisfecho. El peor enemigo de un hombre es el hombre mismo, y nuestro hombre lo sabe por experiencia. A base de tantos requiebros de cabeza y de voluntad quebradiza. A causa de tantos golpes bajos: de tanta desidia, de miles de veces de tareas pospuestas a falta de un método o de una guía.

 Lo que pasa es que a nuestro hombre, nunca le han faltado las ganas por escribir. Lo que sí es una incorrección, seamos sinceros ya que estamos entre amigos, es su exacerbado nihilismo, su falta de comunión con los demás. Ni siquiera es porque no pueda, no, que si lo sé yo, lo que pasa es que no puede trabajar en equipo y la mayor de las veces termina realizando el solo todas las tareas o trabajos en la oficina donde trabaja ocho horas diarias, exceptuando sábado y domingo. Y esto no es una virtud, en una democracia, sino un defecto grande en la medida en que somos incapaces de entablar comunicación plena incluso con nosotros mismos.

 Este mal de época es lo que no nos permite llevar a buen término nuestros sueños y deseos, provocando que caminemos con demasiado dolor por los caminos de la vida.

 Otro factor decisivo en su imposibilidad por escribir es que no sigue la guía de un maestro, de una escuela literaria, supone que de pronto vendrán las palabras de la nada y la verdad es que no es así como funciona este mundo. Sin embargo nuestro hombre, cree en el estilo ya que éste es lo que diferencia a un escritor de otro escritor, le he oído decirlo casi en secreto, casi como para sí mismo.

Pero lo que no acaba de entender es  por qué razón es que existen las escuelas literarias, la tradición, el canon literario. Yo lo voy a decir, para irnos entendiendo mejor que lo que nuestro hombre cree o supone entender porqué no es lo mismo el gimnasio que el magnesio: el canon existe para decirnos, a través de cientos de ejemplos, que no hay nada nuevo debajo del sol, que el escritor de valía es aquel que toma prestado de otros escritores anteriores a él.

Claro, que el asunto no termina allí, en la mera sustracción de temas o personajes sino en la apropiación del asunto, en la forma en que se vuelve a retomar un tema preciso. Y justo aquí es donde quería llegar: para decir que el estilo es la manera particular en que cada quien cuenta el mismo cuento de ayer. Una y otra vez en una vuelta de tuerca que no tiene descanso nunca. Así es como veo la historia de la literatura: como una constatación de que todo comenzó, hace miles de años, conun primer boceto que a lo largo del tiempo se ha ido pergeñando en algo más logrado. Es una idea que con el tiempo ha ido ganando terreno y ha adquirido forma distinta a pesar de ser siempre, por definición, la misma de siempre.

 Luego de leer cualquier historia dela literatura queda la impresión de que es como el círculo que una vez trazado ya no tiene principio ni fin. En todo caso es un círculo que ha ido ganando mayor definición, no sé, a lo mejor también ha ido ganando más difusión (en  ambos sentidos de la palabra: como mayor extensión o como mayor dilatación viciosa) y un carácter más difuso, más difícil de aprehender al primer intento.Yo creo que nuestro hombre por eso mismo quiere escribir. Para intentar responder esta serie de ideas que a cualquier hombre que ha sido tocado por el hado de la escritura, le atañen por definición y compromiso.

¿Pero realmente pensará esto nuestro hombre mientras observa impávido la hoja en blanco?

 La mejor manera de saberlo será husmear en sus cuadernos en el primer momento en que esto sea posible. En la primera oportunidad que se nos presente.

Obsérvalo un momento más. Se ha vuelto a parar de la silla. Voltea a ver el librero con más de tres mil libros acomodados, algunos por materia y otros por temas, de pronto siente que no ha leído lo suficiente y que tampoco ha escrito lo suficiente. Qué pena, que lástima. Tantos libros para una sola vida. Alguien dijo, hace ya varios siglos,que el arte es largo y la vida es corta. Con la intención de ser lo más verosímiles, algo imposible dentro del panorama de la literatura donde todo está regido por una convención entre autor y lector, de lo que es verdad novelesca, debo consultar la Wikipedia donde se dice que el Ars longa vita brevis es una cita de Hipócrates que significa «El arte (la ciencia) es duradero pero la vida es breve». Esta frase se utiliza para enseñar que cualquier labor científica u artística importante requiere mucho sacrificio y tiempo largo de consagración; pero la vida de quien promueve dicha labor es corta y no alcanza para dar término a tan tarea tan loable pero con un dejo de soberbia.

La frase completa es:»Vita brevis, ars longa, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile.»

Sin embargo, esta oración es una traducción latina del original griego (Hipócrates, Aforismos, I, 1): «Ὁ βίος βραχὺς, ἡ δὲ τέχνη μακρὴ, ὁ δὲ καιρὸς ὀξὺς, ἡ δὲ πεῖρα σφαλερὴ, ἡ δὲ κρίσις χαλεπή.»

Dejando a un lado este breve paréntesis de carácter filológico sigamos observando  a nuestro hombre que mientras tanto ha continuado viendo su librero con pesadumbre, tal vez, con un poco de cansancio u hastío.

En un momento se anima a sacar un libro al azar, lo abre con cuidado y lo comienza a hojear, no lee con atención, los ruidos provenientes de una calle en pleno bullicio lo distraen. Al cabo de un rato reincorpora el libro en la estantería. Gira y se vuelve a encontrar con esa hoja en blanco, de improviso un escalofríolo lo sacude. Respira hondo antes de sentarse e intentar escribir de una vez por todas. Y de pronto sucede el milagro. Nuestro hombre comienza a escribir primero un tanto titubeante, de cuando en cuando buscando las palabras indicadas en el aire, las palabras que han permanecido revoloteando en torno a la habitación y que buscan un lugar o un espacio idóneo para convivir en plena armonía.

Nuestro hombre se da a la tarea de avenir una palabra con otra, de modo que resulte algo nuevo, con suma paciencia hay que escribir. Y de pronto surge una frase, una imagen. Un mundo mejor por un mundo ignorado hasta ahora. Y sí, poco a poco va emergiendo un mundo apócrifo, un remedo del nuestro, pero embellecido por el arte de la combinación de la palabra precisa, un poco por azar tal vez, pero sobre todo, por arte de un consciente juego con el lenguaje.

Escribir es una tarea lúdica que llena de gozo el alma, el día a día del hombre que ahora se va fundiendo con ese mundo convocado por el lenguaje, cobrando nuevos matices. Este lenguaje  va emergiendo por cada poro de la tierra, por cada poro del viento, por todas partes y que buscan salir del encierro para recobrar vida plena en el espacio de la hoja en blanco, antes de que sea tarde.

Sin que nos vea aproximémonos para ver qué es lo que escribe:

«Un buen día por la mañana te levantas con muchas ganas de leer el nuevo libro que te ha regalado tu amigo Alex. Es una lectura que has venido postergando hace ya varios días. Pero hoy, te lo has prometido, comenzaras la lectura».

Pero, ¿de qué va la novela? Te preguntas querido lector. Entonces veamos más de cerca lo que escribe este hombre acabado.

La novela trata de un hombre que quiere escribir. Pero no puede. Tiene un gran deseo por escribir pero el mundo se lo impide. Y es que cada vez que desea hacerlo surge algún imprevisto u otra ocupación que requieren toda su atención. El mundo es tan malo. Para de escribir la última oración y éste hombre, dentro de la comodidad de su sillón,mullido por los viejos sueños pospuestos, se pregunta si en realidad el mundo es tan malo como parece y si acaso todo es cuestión del cristal por donde se miran las cosas o del punto de vista relativo en cuanto a que tal punto obedece a un criterio particular y no al censo común que es la regla de oro que siguetodo el mundo. Tal vez sea así. O que el mundo es un caos y que el escritor es un rebelde por naturaleza. Estas cuestiones son, piensa nuestro hombre, como el querer descubrir el hilo negro de la historia. Pero tal vez y cabe la posibilidad que no haya nada por descubrir en este terreno y todo quede en meras indagaciones infructuosas, que al fin al cabo uno puede ser el peor hombre del mundo pero de ninguna manera asemejarse a Dios. Claro, uno intenta ser juicioso y en ciertas ocasiones justo pero estas intentonas son más de Dios que de un insignificante y simple mortal.

Punto y aparte.

Sigue escribiendo:

«Una paz me sobrecoge en este instante. La noche esta callada y los faroles de luz en la calle están apagados por falta de solvencia económica por parte del ayuntamiento. Otra cosa seria si todos los ciudadanos pagaran sus impuestos. Comenzando por las mismísimas autoridades gubernamentales y las clases privilegiadas.

Una disculpa, esto no lo quise escribir yo,  fue el duende de la literatura,en realidad yo solo procuro ser un simple escritor y no busco sentenciar ni mucho menos poner en jaque al sistema capitalista. Mejor será proseguir:

La noche callada, por fin el mundanal ruido se ha ido a la chinita, es decir, hacia el otro lado del hemisferio. A estas horas, al otro lado del mundo China es un polvorín, Rusia va despertando conforme pasan las horas. Oh, qué mundo tan hostil para un simple escritor.

Solo, bajo el abrigo de la noche callada. Entonces escribo acerca de un hombre que a la vez me está describiendo. Yo y ese anónimo escribano somos la misma forma que otro escriba escribe bajo la sombra de un árbol en Pekín, lo que este hombre bajito no sabe, es que él también está siendo escrito por otra persona más que a su vez, en la pampa argentina, escribe acerca de un hombre que quiere escribir pero que no puede, etcétera y ergo sum. Al final todos somos parte del gran libro que Dios escribe en su cielo. ¿y quién sabe? tal vez a Dios alguien más lo está escribiendo, no se sabe, pero de acuerdo a algunas indagaciones, existe la probabilidad de que pueda ser cierto, aunque claro, hay cosas, que un simple escritor, nunca podrá saber, acaso imaginar, pero hasta aquí. Pero me gusta pensar que todos somos una parte de Dios. Que en conjunto todos los seres somos un pedazo de divinidad desperdigada por los caminos de la vida como prueba de su existencia o comomera demostración de que los numerosos pedazos son nada mientras van desbalagados por el  mundo pero que una vez reunidos ocurre el milagro de ver a Dios en toda su completitud y potencia. Amén.

Ahora es tiempo de continuar. Prosigue en silencio. En medio de la noche silenciosa escribe por qué no puede escribir de una vez por todas. Si no escribe no es por falta de material, basta un buen lápiz, lapicero, bolígrafo, pluma fuente y una decorosa libreta para darse a la tarea; eso y un poco de oído para escuchar lo que habla la gente, un poco a hurtadillas, sin que se den cuenta porque de lo contrario peligra cualquier escritor de ser mandado, por lo menos, al diablo, ¡de menos! En este mundo donde la violencia es el pan de cada día. De lunes a domingo, ya que el crimen no tiene día de descanso. Ya lo dijo un trovador de mi tierra: “Hay violencia en la calle, hay violencia en la cama de mi padre y  mi madre (…)” hay violencia por doquier, incluso hay violencia para el escritor, para este artista del hambre, y en la irrealización de sus sueños de escribir hay cierto grado en ésta especie distinta de crimen velado… continuará…