Diálogo 1

La confesión de un joven escritor

Señor; yo no quiero escribir pero una palabra suya bastará para que lo haga. Señor, yo no quiero escribir. La vida es tan corta y grande es el olvido. Señor en todo caso y si usted así lo quiere me daré a la tarea de escribir para luego desaparecer. Escribir y desaparecer. Entonces, si es condición que tenga que escribir para usted para después desaparecer lo haré. Aunque presiento que desapareceré antes de lo previsto, en medio de tanta palabra, sí, en ese mar azaroso de palabras y de imágenes, de metáforas hechas al alimón, entre el cielo y el infierno. Así es como me convertiré, a pesar de mi voluntad férrea a no escribir, en un palabrista. Ojala y la posteridad borre mi rostro y mis huellas, mismas que he dejado en ese mar de gentes, día tras día, mes con mes, fatigado y rendido de tanto vagar por el mundo.

Señor, tengo una inclinación natural a desaparecer, a no dejar huella alguna de mi paso en esta tierra inclemente en donde el sufrimiento y el crimen son el pan de cada día, no nos dejes caer en la tentación de ser soberbios, etcétera. Guardo una humilde inclinación natural a desaparecer, a tal grado que quién lea lo que he escrito se pregunte: ¿Quién rayos ha escrito esto?

Así, en medio de palabras, desaparecer para siempre. Perderme en el paraje bullicioso de las palabras y algún día encontrar la dicha; mi cielo, ese cielo guardado al verso fiel; este cielo prometido para los que desaparecen para el mundo, sin importar edad, ni preferencias sexuales porque en este cielo no se discrimina a nadie.

Y si al final escribo es porque lo hago obedeciendo a un orden mayor, que va más allá del placer. Entonces escribo con  la voluntad doblegada, contrario a mis fuerzas. Y al cabo qué caray, todos terminamos haciendo las tareas que van en contra de nuestros auténticos intereses: el que cocina lo hace porque quiso ser piloto aviador de niño. Y el que es piloto de vuelos internacionales lo es porque quiso ser evangelizador de su pueblo. Ahora, el que es barrendero, vive condenado a un trabajo que por definición es pusilánime, ¡no cualquiera quiere tener tratos con la basura!, ahora es posible, y es de suponer, que este honrado trabajo  le procure a este sencillo hombre vivir la vida feliz que sus padres le inculcaron cuando niño, ajena al exacerbado capitalismo de consumo, ajeno a aparentes necesidades que cubrir.

Así las cosas, señor mío, el hombre, los hombres, la humanidad entera terminamos haciendo y siendo lo que jamás pedimos hacer o ser.

-Por lo que ha dicho, ya veo claro, joven amigo: usted ha tomado la decisión de embarcarse en el ejercicio de la literatura, asumiendo el riesgo, así como otros escogen el rutinario camino para la muerte. Pues no me queda otra cosa que decirle más que adelante. Vale. Y que tenga suerte.

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