La obra en proceso

Valéry y Kafka parecen decirnos hasta la eternidad: “toda mi obra es solo un ejercicio”. La obra está allí solamente para conducirnos a la búsqueda de la obra ideal. Hay que decirlo desde ahora no hay la obra definitiva. Joyce escribe el Ulises perpetuamente. ¿Qué es la obra temprana de Proust? Sino el intento de sistematizar todos los tiempos, y que en la busca del tiempo perdido parece tocar la diana para siempre.

Lawrence Durrell, de modo proustiano encuentra el espacio y tiempo ideal en los cuatro volúmenes que conforman El cuarteto de Alejandría para contar (al menos esa es mi impresión luego de leerle) todo lo que tenía que saberse de la vida de sus personajes, enmarcados en una ambientación saturada de olores y sabores: el mar mediterráneo, los mercados, las calles con su bullicio y el ajetreo por doquier, tanto de lo privado como de la plaza pública.

Creo que la literatura, la de gran valía, -sirvan de ejemplo Proust, Kafka, Joyce, Woolf, Durrell, para el territorio europeo- parte del entendido que el lenguaje yace en el pedestal más alto. En la tumba de los grandes logros de la humanidad.

Ya sé, querido lector, estarás pensando que mis ejemplos son muy ajustados y que es menester ser más flexibles. Pues sirva este tiempo para dejar como ejemplo de literatura de personalidad, de este lado del Atlántico,  la obra de Ernesto Sábato, que con El túnel  inicia una búsqueda personal por comprender ciertos incidentes históricos, tanto ficticios como reales. Una búsqueda de lo absoluto que anhela circunscribir en tres majestuosas novelas toda la complejidad de la condición humana. Y lo logra con creces pero con mucho cuidado y horas y días y años de continuado trabajo y esmero.

Ahora, sirva un ejemplo dentro de la galaxia mexicana, con un sui generis autor que, con solo dos obras, logra lo que tantos otros escritores han deseado infructuosamente: convocar una voz , es decir, encontrar una voz que nos hable desde el silencio del páramo y del sufrimiento humano ante el despotismo ilustrado de la clase que ostenta el poder. Una voz que no moraliza, que muestra y que cuenta un mundo a punto de desaparecer.

Creo que todos estos autores llegaron a la comprensión de que quienes escribimos somos la versión moderna de Prometeo: en busca del fuego, de la luz, de la voz que permitirá a la humanidad mirar por un resquicio un poco de vida latente en medio de la oscuridad y del silencio.

Para terminar por ahora, permítame el lector, la siguiente línea a modo de epílogo y como para dejar la discusión abierta para otra oportunidad: el escritor no desea terminar casi nada; la gusta -por necesidad y no por gusto- ir dejando sus escritos en forma de fragmentos. Decenas de relatos han quedado truncados.  Son obras en proceso, son el producto de una intuición aprehendida, son retazos de vida. Pero en ellos se hallan los vestigios de un alcance mayor. La epifanía. Y que el escritor se da a la tarea de comunicarla a sus potenciales autores una y otra vez, cada vez de mejor manera, de una obra a otra obra, así sin cesar, incluso después de la muerte. Gracias. *�H��

Deja un comentario