Lo malo de no publicar los libros es que se te va la vida corrigiéndolos.
Lo malo de no escribir los libros es que se te va la vida proyectándolos. Y no solo eso. Además se te va desarrollando una patología la cual es creer que los demás escritores, los que si escriben, te roban las ideas geniales que se te ocurren para escribir libros.
Así me ha sucedido una tercia de veces. Igualmente no creyendo que te han robado la idea sino que se te han adelantado. Lo cual acarrea desaliento, enojo, pero sobretodo, vaya tragedia, enojo por tu propia pereza para escribir de una vez por todas, tus ideas “geniales”.
Ahora me siento como el personaje Juan Pérez de Bartleby y Compañía del genial escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, al cual cree que hay cierta conjura secreta en pos de robarle sus ideas para novelas. Mas el sentido común me salvaguarda de mi deseo obsesivo y me dice que dentro de un millar de escritores existe la posibilidad de que a dos de ellos, en algún momento determinante de su vida, se les ocurra la misma idea.
El problema de no escribir de una vez, es consecuente con mi creencia muy arraigada de la imposibilidad de hacer un arte superior. Un ser con tal patología da vueltas alrededor de una idea, y conforme más ahonda o profundiza en ella, más rápida se le va la vida y el tiempo ideal de la escritura.
La razón por la qué no he escrito ninguno de mis libros- título prestado por Marcel Bénabou, sea por respuesta no una sola sino seis o siete. Veamos.
La primera ha sido contestada en el párrafo anterior.
La segunda viene ya: sea porque uno no se cansa de ensayar, por lo que otro personaje vila-matiano ha dicho “basta ya de escribir ensayos” y es que hay que confesar que el arte del ensayo es seductor per se.
La tercera razón es porque no me he involucrado en un programa de literatura potencial, por lo que mis ideas siguen, por decirlo de algún modo, en el limbo a la espera de un mejor lugar de acomodo.
La cuarta causa sea porque, vaya infierno del artista, adolezco de cierta simpatía con el humor de Robert Walser, yo también he paseado mi vida por el mundo, y no le he encontrado mayor encanto, pero si he hallado un caudal de crítica sentimental, lo que me ha acarreado una crisis de nervios y por ende, un ingreso al psiquiátrico. Al menos ya me voy pareciendo a mis autores predilectos.
También por cierta vanidad o presuntuosidad, como de seguro le pasó a Joseph Joubert, que de acuerdo al testimonio de sus contemporáneos, destilo de tal forma su estilo que lo que nos dejo fue la pura esencia o ambrosia en su magnífica prosa, en la que con pocas palabras queda dicho todo de una vez por todas.
O tal vez, porque soy, como el zorro, más inteligente o como Juan Rulfo, que luego de publicar dos libros magistrales optaron por el silencio, según porque temían escribir un tercer libro pero malo, como la primera novela mala de Macedonio Fernández, y por supuesto por miedo al ridículo ante la crítica nada benevolente cuando alguien cae en falta.
Pero, más allá de estas razones señaladas arriba, creo que lo que lleva a imposibilitar a alguien para escribir sus ideas en papel, sea cierto pudor unido con un afán extraño por la perfección. O tan simple y sencillamente porque aun uno no está disponible para escribir.