Confesiones de un literato

Estoy indispuesto. Postrado en cama por una gripe. Acostado en mi cama de pronto me pongo a merodear con la mirada la cantidad de libros que conforman parte de mi biblioteca. Comienzo a contabilizar los libros que aguardan, en el silencio de la noche. Los libros que he ido comprando en una década de compras impulsadas por el deseo de obtener los libros que:

Pues termino de contar y contabilizo novecientos y pico de libros. O sea, que he comprado cerca de 100 libros por año; lo que se traduce en cuatro libros adquiridos cada cuatro días. Tal vez, aun así, mi biblioteca sea todavía modesta en comparación a las bibliotecas de otros bibliómanos, pero he aquí un hecho irrefutable: sucede que ahora tengo un compromiso frente a casi un millar de libros. El compromiso de tener que leer cada libro en el tiempo que me resta de vida. Por lo que ahora estoy en un punto álgido en el que he de dejar de seguir adquiriendo más libros, por el bien de mi salud mental y por el bien de mi economía. Y porque me siento comprometido a leer estos libros será mejor que en el futuro inmediato me dedique, en cuerpo y alma, en irlos leyendo, detenidamente.

A la brevedad hay que ponerse a leer y aguardar el grito de esos millones de palabras que permanecen en silencio a la espera de emitir su saber y experiencia. Porque el acto inaugural que conlleva cada acto de lectura entraña sacar a este millar de libros de su estado vegetativo, casi muerto, para que recobren su sentido y su lugar en el mundo de las letras.

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